Viajar en tercera clase, como Gandhi

Luisa Pernalete | Gandhi no nació pobre, no era paria, se fue haciendo pobre y sencillo cuando empezó a defender a los indios que vivían en Suráfrica y eran muy maltratados, tanto o más que los negros de ese país, afectados por el régimen del apartheid. Viajar en  tren, en “tercera clase”, le fue permitiendo comprender mejor sus problemas, su cotidianidad. Era capaz de ver el sufrimiento, las humillaciones y también elementos culturales que debían combatirse. No absolutizaba la pobreza como un valor. Esa cercanía le ayudó a compadecerse, ponerse en su lugar.

Yo tengo años viajando en “tercera clase” en este país, y he aprendido mucho, y he comprendido mucho. Creo que todos los que toman decisiones deberían viajar de vez en cuando en tercera clase, y aunque hoy hay problemas que nos están agobiando a la mayoría, siempre habrá una clase más “tercera” que otra.

Llevo tres semanas en una gira “pedagógica”, que podrían llamarse “pedagogía de aventura”  dados los obstáculos que he debido saltar andando por Mérida, Táchira y Zulia.

Resumo los dos primeros: la escasez de gasolina tiene semiparalizado a esos estados. Gente que pasa la noche en la cola para poder moverse al día siguiente. ¡Agotador! Súmele a eso que el transporte colectivo es cada vez más escaso, y súmele que conseguir efectivo es un vía crucis cotidiano. Yo tuve que ir tres veces al banco para conseguir los 30 mil necesarios  para el pasaje, en  autobús de segunda, de Mérida  a San Cristóbal, y me siento con suerte porque pude conseguir algo más para gastos mínimos. Las herramientas de relajación deben ser aplicadas a cada rato para no terminar uno pagando la rabia con el primero que pase.

Táchira peor. Más largas las colas para la gasolina y el efectivo invisible. En el terminal nadie acepta que se compre pasaje con punto. No les doy muchos detalles, sólo uno. Logré que alguien me prestara efectivo y le haría transferencia. Compré pasaje para Maracaibo dos días antes del viaje. Cuando llegué al terminal,  me dicen que el pasaje ya no cuesta 60 sino ochenta. Me tuve que desprender de 20 mil y no me quedaba ni para una empanada, que ya te puede costar 10 mil. Cuando el bus, con espacios demasiados cortos para mis largas piernas, hizo su parada reglamentaria, en el restaurant no aceptaban tarjeta. Afortunadamente mis ángeles de la guarda – que ya comienzan a cobrar horas extras- me habían colocado una arepa andina en el bolso y eso comí.

En esa parada, hay una bomba de gasolina, era ya en el Zulia, había menos cola que en Táchira, pero había cola también. Pude leer los labios de dos señores que comentaban el descaro del contrabando de combustible: “Mira, ahí están los carros con doble fondo llenando y los uniformados miran al otro lado”. Sin comentarios.

Ya  en Maracaibo, segunda ciudad del país, no terminaba la carrea de obstáculos. Como no tenía dinero para un taxi,  caminé desde el terminal hasta mi hospedaje, bastante cerca. Pude ver y oler la basura alrededor del terminal. No me extraña que medio mundo ande con enfermedades de la piel. Pero así está toda la Avenida los Haticos y el Municipio San Francisco: lleno de basura, cerros de basura, mezclados con agua estancada en muchos casos.

El regreso para Caracas, fue peor aún: Dos día buscando una línea que me permitiera pagar con tarjeta, y en la única que se podía, tuve que hacer guardia desde las 10 de la mañana hasta que por fin a las 4 de la tarde me dijeron que me venderían el pasaje. Me embarqué a las 6 pm. A hora y medio de camino el bus se estropeó. Dos horas de espera y nos cambiaron la unidad. A las 12  de la noche, en la parada reglamentaria de Los Pinos, al bus “nuevo”, se le espicharon dos cauchos. Seis horas mas tarde, ya casi a las 4 de la madrugada, proseguimos el viaje. Llegué a Caracas a las 3 de la tarde y tenía una actividad a las 3.30. ¡Estuve a tiempo!

Pero ya estamos en Adviento, no puedo hablar sólo de las sombras, quiero culminar con luces que también encontré en este viaje.

Primero, los venezolanos somos muy trabajadores, no me cabe duda, porque ir hoy a cualquier trabajo supone horas de búsqueda de efectivo para el trasporte – por cierto malo y muy caro en Maracaibo – igual que ir al colegio. Se de alumnos de Fe y Alegría que se están levantando más temprano para irse a pie a pesar de  tener la escuela tan cerca. “Es que o no conseguimos el efectivo o los buses pasan tan llenos que no podemos entrar con los niños, pero mejor que no falte”. Son familias muy responsables.

Segundo: Somos muy solidarios. Victoria, de 6 años, le ha pedido a su mamá que le ponga o dos pancitos o 2 frutas. “Es que hay niños que no llevan nada para merienda, y yo parto mi cambur o el pan. Hay que compartir. También ayer le di un lápiz a una niña que no tenía y yo tenía dos. Ella tenía que hacer su tarea también”.

Me quedo con mis observaciones finales. Somos muchos los responsables y solidarios, aunque eso sea invisible a los ojos de la mayoría. Viajar en tercera clase también me da fuerzas.

Fuente: Provea 

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